Vivimos tiempos donde la modernidad que alumbró entre finales del siglo XVIII y principios del XIX, prometiendo al hombre la conquista de la felicidad a través de la Ilustración, La Razón y La Ciencia, hoy fenece y vive su ocaso en un fin civilizatorio, el occidental, presidido por el vacío espiritual del hombre, el consumo, el hedonismo, el relativismo moral y como colofón la desigualdad y la injusticia social, cada vez mas extendida.
Esta es la fecha en que el modernismo no ha sabido responder a las grandes preguntas del hombre, es decir, de dónde venimos y hacia dónde vamos, pero pronto se dio a conocer : detrás de las tesis de sus filofofos enconomistas mas conspicuos- David Hume, Voltaire, Rousseau, Adam Smith o David Ricardo- , primero llegó Napoleón devastando Europa en nombre de la ilustración, le siguió el colonialismo repartiéndose las naciones europeas el continente africano para mejor explotación de sus pueblos y riquezas, y luego dos guerras mundiales. Por último, en el crepúsculo de la modernidad , esto es, actualmente, contemplamos el desmantelamiento del precario estado del bienestar que hubo de construirse a la finalización de la II Guerra Mundial, junto al peligro cierto de un nuevo conflicto mundial ( los hay que dicen que ya ha comenzado) de consecuencias imprevisibles, que fomentan un dia sí y el otro también, nuestros decadentes y endeudados estados.
En estos tiempos confusos y desordenados, tal como sucede con una civilización que se muere y otra que tarda en nacer, lo que queda de los hombres pendientes todavía de la razón y la trascendencia, lo podemos ver todavía, entre otros minoritarios espacios, en los monasterios donde las comunidades que los habitan vienen dedicandose a la vieja práctica del “ ora et labora”.
En el Somontano y comarcas aledañas, aún tenemos el privilegio de poder visitar el Monasterio de El Pueyo, consagrado a la virgen del mismo nombre. En él se aloja una joven, en su mayoría, comunidad de religiosos, integrados en la Orden del Sagrado Verbo Encarnado. Resalto lo de joven, pues no es algo habitual dentro de los tiempos que corren.
Pero hoy el monasterio y la tradición inmaterial que representa, corren peligro. Las fuerzas económicas que desenvuelven nuestra economía, se acercan cada vez al entorno de este refugio de la espiritualidad y la tradición. Como si no existiera más territorio que ocupar, en pocos meses hemos contemplado el intento de ubicación de una granja de animales en la falda de la montaña donde se levanta el monasterio y lo que es mas grave, muy cerca de dicha mentada falda, una instalación de generación de biogás, con una balsa al aire libre que recibirá todo tipo de detritus y desechos animales.
Como dice Zorrilla en el Tenorio, la audacia de algunos ya no conoce “sagrado ni lugar por mi respetado”. Y bien podríamos identificar en nuestros días al sujeto del verbo como el Capital y su avaricia acumulativa, que el Dios de nuestro tiempo. Fue San Pablo quien dijera que la avaricia no es otra más que idolatría.
Lo que los barbaros a la caída del imperio romano no hicieron, pues respetaron los monasterios donde se pudo conservar la cultura clásica, lo hizo el modernismo en siglos recientes con las desamortizaciones y saqueos, y pretende hacerlo hoy mismo de igual forma, silenciosamente, con su irracional e idolátrica ambición.
Tanto la granja como la planta de biogas penden actualmente de informe en el INAGA. Pero la verdad, en especial en cuanto a esta última actividad se refiere, no advertimos en las autoridades de nuestro entorno mucha sensibilidad para impedir tamaña fechoría.
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